Ana sigue aquí
Ana sigue aquí. La veo todos los días en el espejo, en mis
dientes amarillos por los cigarrillos que esconden largos ayunos. En los mil
vasos de agua que han sido mi único alimento por semanas enteras, junto a un cóctel de antidepresivos; detrás de la
excusa de ahorrar, de no querer cocinar. En mis jornadas extremas de danza y hasta
en la misma rabia con la que me destrocé la pierna. En la música a todo volumen
para no escuchar el sonido de mis tripas completamente vacías.
No quise reconocer su presencia cuando la gente empezó a
preguntar si algo pasaba, pues mi cuerpo lejos estaba de la imagen visual que
la acompaña, hasta que un día ya no; entonces llegaron los atracones para
enmascarar la realidad. Pronto entendí que no pude reconocer su presencia precisamente
porque siempre había estado allí. Sin embargo, no logro identificar lo que
enmascara ella, ¿serán esas ganas de desaparecer? Las inseguridades y el odio hacia
sí mismo me parecen demasiado superficiales, Ana esconde algo más.
Lo que más me molesta es su intermitencia y su manera de aparecer
en los peores momentos, no como un ave de mal agüero: ella es el verdadero acontecimiento,
el daño colateral, mi respuesta hacia mí misma. No, miento. Lo que más me
destroza por dentro es su efectividad, ese constante pensamiento del ‘estoy a
una recaída de sonreírle al espejo’, a una recaída que haga que los demás
admiren mis curvas y mi rostro perfilado. Es ahí cuando Ana se va, con una sonrisa
de satisfacción, sabiendo que pronto volverá a invitarme a una hamburguesa y
querrá quedarse a dormir indefinidamente.
La resiento sobre todo pensando que por su ausencia el amor
se me escapó de las manos, entonces la invité a quedarse. Todos los días le
ofrendaba platos de comida bajo la cama, esperando hacerla tan feliz que él
regresara. Y regresó, una y otra vez, como sólo ellos dos saben hacerlo. Pero
ha sido también una fiel compañera, de las pocas que jamás ha olvidado mi
cumpleaños y ha estado ahí en mis mejores y peores momentos. Hace poco, Ana
volvió.
By: Nathaly C. Posada
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