Arena...

 

Arena…

I

Hace mucho tiempo en Arabia, entre las dunas podía distinguirse un pequeño pueblo y en lo alto de una pequeña montaña se erigía un gran palacio, con altas torres de paredes blancas y techos de cúpula de oro, a través de los ventanales se observaba un interior de oro sólido. Era la morada del poderoso y malvado sultán Akbar, que se veía danzar con un atuendo de seda azul bordado en oro, un pantalón blanco y un turbante adornado con un gran rubí en el centro. Sobre su labio superior, dos largos y puntiagudos bigotes se extienden a lado y lado de su rostro.

A cada lado de las columnas que soportaban el castillo se veían esclavos, aproximadamente un centenar de ellos en total, todos alineados en el corredor con sus cadenas en los tobillos, sosteniendo comida, ropajes y demás mientras el sultán bailaba por el corredor hacia una habitación en la cual, sobre una gran cama con tendidos de seda lo esperaba seductora una doncella con piel del color de la canela, ojos color miel y una larga cabellera tan negra como el ébano, la belleza y calidez de la joven contrastaba fuertemente con las cadenas que unían sus tobillos. Su nombre era Dalia y era la más bella de las esclavas del Akbar, razón por la cual este la utilizaba para saciar sus perversiones sexuales, aunque desconocía que dentro de ella ardía fuertemente la llama del amor más intenso.

El sultán cerró la puerta con una sonrisa pícara dibujada en su cara y no bastó más para entender lo que iba a suceder en aquella habitación. En el pasillo, algunos de los esclavos negaban con la cabeza y se miraban con aire de desaprobación y pena ante la situación de la joven.

Después de aquella noche Dalia empezó a sentir que algo en su cuerpo no estaba del todo bien y cuando la esperada noche de luna no llegó, la joven confirmó sus sospechas: estaba en cinta del heredero del sultán. Entonces, esperó a que el sultán estuviera solo en su habitación y le confesó que en su vientre cargaba el fruto de aquellos encuentros furtivos. El sultán enfurecido le pidió que evitara a toda costa el nacimiento de ese bebé, pues orgulloso y egoísta, dentro de sus planes no contemplaba tener herederos, pues aseguraba que viviría eternamente joven y no deseaba que nadie se interpusiera en ello, pero Dalia le insistió en que la dejara tenerlo, que no tenía por qué saber que era su heredero y así no sólo él tendría un esclavo más a su servicio, sino que además ella ya no estaría sola. Y entonces el sultán accedió, pero sólo bajo la estricta condición de que jamás le revelara a la criatura la verdad de su naturaleza, pero con el pasar del tiempo se fue volviendo cada vez más despiadado con ella y no volvió a tocarla salvo para maltratarla, en cambio, escogió a otra esclava más joven que Dalia y se regodeaba con ella en frente suyo. Esto hería profundamente a Dalia, que no podía dejar de amar a su amo en silencio.

16 años pasaron, y aunque durante su infancia los demás esclavos lo reconocían como un niño dulce y servicial, Dakar se había llenado de resentimiento ante su amo por los constantes maltratos hacia su madre y hacia él, mostrándose travieso, insolente y arrogante, pero infinitamente perfeccionista, jamás dejaba una de sus tareas mal hecha o incompleta, lo cual irritaba profundamente al sultán cada vez que este lo desafiaba con su rebeldía. No obstante, los castigos y represalias que tomaba contra el joven eran mucho más severas que las que tomaba con cualquiera de sus demás esclavos.

 

II

Era más de medio día y Dalia no lograba encontrar a su hijo por ningún lado. De repente se escuchó un gran estruendo que salía de la habitación del sultán y entonces corrió hacia allí, pues era de saber que cuando Dakar desaparecía sólo bastaba esperar el ruido del desastre para encontrarlo. Pero el hecho de que saliera de los aposentos del sultán era bastante peligroso y preocupante. 

Afortunadamente logró llegar al sitio antes que el mandatario, pero se le heló la sangre al contemplar la imagen de su hijo usando los ropajes del sultán y el báculo de oro en el piso, con su cápsula de cristal rota y una nube de polvo azul saliendo de ella para luego evaporarse en el aire. 

Se dispuso a reprenderlo, pero en ese instante entró el sultán encolerizado. La imagen de su hijo en aquel lugar, con sus túnicas y con el objeto de poder roto a sus pies le generó al sultán una sensación de amenaza que le revolvió las entrañas y sus ojos se volvieron del rojo más intenso. “Lo que este sujeto podría causar en mi reino si se llega a enterar de su procedencia…”, pensó mientras sentía cómo la sangre le hervía bajo la piel.

La madre quiso hablar en defensa de su hijo y el sultán la dejó hablar, pero no la escuchó, tanta era su furia que sin pensarlo dos veces desenfundó su espada y cortó la cabeza de su esclava que cayó a los pies del joven y con un grito ordenó a sus hombres la captura de este. 

Dakar apenas tuvo tiempo de reaccionar ante lo que acababa de presenciar y no podía dejar de pensar en los ojos del sultán, nunca había visto algo así. Al ver a los hombres de su amo corriendo hacia él, brincó por una de las ventanas de la habitación y aunque cayó varios metros, salió corriendo por su vida hacia la plaza con los ojos llenos de lágrimas y aún con los ropajes del monarca.

Se escondió entre vasijas en una pequeña tienda en el bazar hasta que los hombres del sultán lo perdieron de vista. Vendió los ropajes en una de las tiendas y con eso se aseguró comida y bebida para un tiempo. Luego reanudó su camino y no se detuvo hasta tener ante sí una gigante masa de arena que parecía infinita: el desierto, sabía que allí no lo buscarían. 

III

Dakar caminó varios días y noches por la arena caliente del desierto hasta llegar a un pozo estando al borde de la deshidratación. Allí se encontró con una tribu bedu de la rebelión. Inicialmente estos planeaban atacarlo por usar su pozo y cuando el hijo del jeque y guerrero estrella de la tribu posa su espada en su cuello le da un momento para explicar su procedencia. Akram el guerrero se muestra incrédulo y decidido a matar al ladrón, pero es su padre quien lo detiene al momento de asestar el golpe, mostrando piedad por el joven, pues su espiritualidad se inclina más a la piedad que a la guerra. Akram obedece a su padre y entre todos incorporan a Dakar en la tribu.

El jeque le dice que no es seguro para un joven como él andar solo por el desierto, no todas las tribus muestran compasión, además el clima juega en contra y no tiene las herramientas ni el conocimiento para sobrevivir allí, así que le proporcionan un camello para movilizarse a cambio de las provisiones que le quedan de los ropajes del sultán.

Ya conoce al jeque Ayoub y al guerrero Akram; le presentan a Salma, la dulce esposa y Muna la hija menor del jeque, con la cual Dakar queda inmediatamente deslumbrado. Rápidamente Dakar y Akram se vuelven cercanos, aunque una parte de Dakar sólo quiere utilizarlo para aprender a pelear como él, lo cual Akram no ve como un inconveniente pues es lo que mejor sabe hacer. Juntos pasan largas horas entrenando, le enseña a manejar la espada, a dar golpes certeros y a manejar casi cualquier objeto a su favor en una pelea. Dakar aprende muy fácil y rápidamente y pronto iguala y casi supera a su maestro.

Por otro lado, Muna empieza a despertarle una sensación en su estómago y en su vientre que no había sentido nunca antes, pues además de ser hermosa y compasiva, le instruye y entretiene con sus libros e historias, ya que uno de los rituales de la tribu consiste en reunirse antes de dormir para escuchar los relatos de la joven en los que habla sobre criaturas mágicas, aventuras y lugares fantásticos. Verla emocionada contando sus historias, más que escucharla, se convierte en uno de los pasatiempos favoritos de Dakar, pero está seguro de que el jeque jamás lo aceptaría como pretendiente de su hija, después de todo no es más que un esclavo y un prófugo y aunque el líder sea muy apacible no deja de ser un árabe buscando lo mejor para su tribu.

Los nómadas continúan avanzando por el desierto. Dakar pregunta hacia dónde se dirigen, Akram dice que jamás lo ha entendido, Ayoub le explica que no hay un lugar específico, que sólo está siguiendo el camino de Alá, que cuando lleguen a su destino simplemente lo sabrán. En ese momento son atacados por una tribu enemiga y es la primera oportunidad que tiene el protagonista para poner en práctica lo aprendido con Akram con alguien fuera de la tribu. Como su destreza aún no es mucha, se queda cerca de Muna y Salma para protegerlas mientras el resto de los guerreros se enfrentan entre sí. Sin embargo, Dakar hace un buen trabajo pues no son pocos los ataques que intentan contra ellas.

La tribu sale victoriosa en la batalla, aunque pierden un poco de sus tesoros materiales. Para el jeque esto no es mayor problema, pero Dakar y Akram se muestran muy molestos y quieren buscar venganza. El jeque les repite que no deben hacerlo pues su mayor riqueza es mantenerse unidos y con vida.

Mientras tanto, el sultán con ayuda de su consejera la bruja, no sólo se encuentra al tanto de todos los movimientos de su hijo, sino que además se propone retomar su entrenamiento mágico para asegurarse de derrotarlo antes de que sea demasiado tarde. Retoma la práctica del control mental, la telequinesis, el vuelo y la transformación en ruc.

Esa misma noche el jeque tiene una importante conversación con Dakar dentro de su tienda, en la que después de tomar un té y comer un poco, con un tono serio le recalca que la paz que necesita está en su interior y que no la encontrará en la venganza que tanto busca, sino que esta por el contrario lo absorberá en un torbellino de violencia del que difícilmente podrá salir y al que está entrando a raíz de su rebeldía. Después de un largo silencio Dakar le pregunta al jeque por qué lo acogió en primer lugar, a lo que el jeque le responde que la voz de Alá le dijo que no era su destino perecer en el desierto en ese momento, y que por el contrario su destino era el de permanecer en la tribu siempre y cuando aprendiera la lección y que, de no ser así, se vería obligado a tener que abandonarlo a su suerte, pues nadie puede intervenir en el destino de otro.

Dakar sale de la tienda bastante consternado pues ya llevaba varias semanas con la tribu y aunque en su interior sí sentía que su vida y él mismo estaban cambiando, sus convicciones y sus motivos seguían siendo los mismos.

Se acercó al pozo en el cual estaban pasando la noche, se sentó a observar las estrellas y entonces apareció Muna, se sentó a su lado y permanecieron en silencio por un rato hasta que ella empezó a contarle la historia de un príncipe que había perdido su reino y todo lo que conocía por la sed de poder y entonces se suicidó en un ataque de locura. Luego de esto le dio un profundo beso el cual Akram presenció en la distancia junto con el que sería el prometido de Muna a partir del día siguiente. A ninguno de los dos le gustó la idea y de inmediato fueron a hablar con el jeque, que salió corriendo de su tienda para encontrarlos hablando. Agarró a Muna fuertemente de un brazo y la llevó adentro para reprenderla. Dakar escuchaba desde afuera cómo le gritaba por meterse con un esclavo, un prófugo y alguien de espíritu tan débil como él, escuchaba también cómo le decía que a partir de ahora Madani sería su prometido, alguien que había crecido con los valores de la tribu y que le podría dar la vida que necesitaba. Entonces Muna aceptó entre sollozos.

Dakar no podía más con la ira y sus ojos color miel cambiaron a un rojo intenso, pero nadie lo presenció. Dakar tampoco supo del cambio, pero sintió cómo el odio se apoderaba de todo en su interior. Tomó un respiro y se calmó, con lo cual sus ojos retomaron el color de siempre. Se metió en su tienda y descansó.

Al día siguiente se dio a conocer el compromiso oficial de Muna y Madani ante la tribu mediante una pequeña ceremonia. Había comida y música, pero aun así la joven no se veía muy alegre. Dakar la observó en silencio por un rato y luego se alejó hacia el pozo donde la noche antes Muna le dio su primer beso, sintió una punzada en el corazón y mientras miraba su reflejo en el agua pudo notar cómo sus ojos cambiaban de color con la ira, tal como los ojos del sultán.

En ese momento llegó la joven y hablaron un largo rato, pero en el fondo los dos sentían una profunda pena. Contemplaron la idea de huir juntos por el desierto, pero era demasiado peligroso y sabían que ambos estaban mejor en la tribu. Muna tuvo que volver a la fiesta y lo invitó a volver con ella, pero Dakar le pidió que lo dejara allí solo.

IV

Rozaba ya el alba cuando a lo lejos escucharon el grito de guerra de otra tribu que se acercaba, tomaron sus armas y se prepararon para el enfrentamiento. Esta vez Dakar no se quedó defendiendo a Salma y a Muna como le había ordenado el jeque, sino que se lanzó hacia los guerreros con toda la furia que sentía en su interior, y sus ojos volvieron a ser rojos como la sangre y combatió como nunca. Los únicos guerreros que lo sobrevivieron se enfrentaron con Madani y Akram. Madani estaba perdiendo mientras Akram combatía con dos guerreros al tiempo, pero Dakar estaba libre y no quiso ayudarlo, hasta que al fin uno de los enemigos atravesó al guerrero por el estómago y este cayó a la vista de todos. Entonces Dakar se lanzó contra el asesino cortándole la cabeza y los demás salieron huyendo en sus caballos.

El jeque estaba furioso, lo que había hecho calificaba como traición y era algo que su paciencia jamás podría perdonar. Akram, Salma y Muna estaban profundamente decepcionados también, había sido una conducta sumamente egoísta y que dejó al descubierto toda su intención romántica con la joven ante el resto de la tribu. El jeque sólo le dio una mirada seria y sin pronunciar palabra le señaló el vacío del desierto y entró en su tienda. Dakar no necesitó más para entender lo que le quería decir.

Se dirigió hacia su tienda para recoger sus cosas, entonces Muna se acercó en silencio y con los ojos llenos de tristeza le entregó un pequeño cofre con provisiones juntadas entre ella y su madre antes de partir: una manta, un libro de cuentos, agua, un poco de comida y una pequeña daga con puño de marfil incrustado en oro y una hoja tan afilada que podía cortar el silencio más tenso. Con ello podría sobrevivir un par de días en el calor del desierto. Le dijo que podía llevarse el camello y la tienda, después de todo había pagado por ellos y le pertenecían, y dándole un beso en la mejilla se alejó.

Dakar cargó el cofre en el camello, se subió en él y se alejó del campamento. Caminó por un par de horas y pasado el medio día llegó a otro pozo, aprovechó que este estaba solo para bañarse, hidratarse y comer algo antes de que el calor del desierto empezara a afectarle físicamente. Habiendo comido y como no había dormido nada la noche anterior, instaló su tienda, puso la manta en el suelo y se tendió a la sombra de su camello, sacó el libro de Muna y se dispuso a leer, en la noche continuaría avanzando sin tener que soportar tanto calor, pensó.

Se estaba quedando dormido con el libro en la cara cuando llegó la tribu dueña del pozo y Dakar tuvo que enfrentarlos solo, aunque salió victorioso quedó muy mal herido y se acostó sobre la arena sin dejar de sangrar. En ese momento se acercó una hiena que comenzó a alimentarse de los cuerpos de los guerreros, pero cuando estuvo a punto de tocar a Dakar, apareció una gran figura color azul, parecía humano, pero flotaba en vez de sostenerse en el suelo y por ropa sólo tenía un pantalón bombacho y un sombrero. Sopló a la hiena de tal manera que generó un torbellino y esta salió volando del lugar. Maldiciendo al cobarde ghoul por tomar forma de hiena para hacer sus travesuras tomó un poco de agua del pozo, a hizo flotar hasta Dakar y la dejó caer sobre su rostro.

Dakar despertó de inmediato, sorprendido por el chapuzón. Con los ojos aún entrecerrados por el agua que había entrado alcanzó a ver una figura grande que se erguía al lado del pozo y se sobresaltó pensando que era algún guerrero, pero su sobresalto fue aún mayor al descubrir que en realidad se trataba de un genio, como el de la historia que estaba leyendo antes de dormirse, entonces pensó que dormía y que tanto la lucha como este momento eran un sueño, pero sintió cómo su piel le ardía, pues el agua había acentuado las quemaduras del sol, además de estar lastimado por el enfrentamiento, no era un sueño. El genio solo lo miraba en silencio, disfrutando un poco de la confusión del joven. Dakar pensó entonces que el calor y la deshidratación le estaban jugando una mala pasada a su cabeza, entonces le dio un sorbo a la botella que tenía al lado y sacudió la cabeza, pero el genio no desapareció, por el contrario, empezó a imitar todo lo que Dakar hacía, así que este empezó a hacer gestos sin sentido hasta que en un momento el genio rompió el silencio y le preguntó qué hacía. Dakar no podía creerlo, se suponía que esas criaturas sólo vivían en los cuentos de Muna y temió, pues tenía entendido que estos espíritus eran increíblemente tramposos e incluso malos, pero el genio volvió a hablarle y se mostraba amigable.

Dakar intentó presentarse, pero el genio le dijo que ya sabía quién era, y se inclinó haciendo una venia hablándole de “su majestad”.

Dakar no entendía de qué hablaba, así que el genio le dijo que se asomara en el pozo. Allí pudo verse siendo coronado como sultán y le aclaró que la sangre real corría por sus venas, que aquel amo del que tanto deseaba vengarse era en realidad su padre y que el motivo por el que este lo perseguía era porque temía que le quitase su trono y le mostró entonces en el agua el momento en que el sultán hizo prometer a su madre que nunca le revelaría la verdad de su procedencia. Le contó también sobre sus poderes, y haciéndolo mirar otra vez en el reflejo del pozo, Dakar vió cómo sus ojos cambiaban de color, de la misma manera que habían cambiado los del Sultán aquella tarde que empezaba a verse lejana.

Se sintió mareado, no entendía nada. Se sentó en el sitio en el que había estado dormido hasta hace unos minutos. El genio, al leer la confusión en el rostro de Dakar, comenzó a narrarle la historia:

V

“Hace mucho tiempo, en Jordania, un gran ruc (ave mitológica árabe) soñaba con poder tener la vida de los marinos a los que siempre veía, así que un día le pidió al genio, que era su mejor amigo que la transformase en una bella mujer para poder cumplir su deseo. El genio con amargura le cumplió, más por el amor que le tenía le concedió también el poder de transformarse a su gusto en su verdadero ser y le advirtió que esta transformación les costaría su amistad, pues habría una traición de su parte y como castigo, el hombre que la desposara la cazaría sin dudarlo al enterarse de su verdadera naturaleza y así fue.

Años después, un audaz guerrero se enamoró perdidamente de ella y la desposó, pero al descubrir al genio que la acompañaba, lo encerró en un báculo de oro para usar su magia a su antojo. De esta unión nació un pequeño mitad mortal mitad ser mágico, esto último podía deducirse del hecho de que tenía los ojos idénticos a los de su madre: de un morado profundo. Cuando el niño se disgustaba, estos cambiaban a rojo, como expresando el fuego que quemaba por dentro de sí, y hacía volar todo a su alrededor. Cuando el niño vió que con esto podía manipular fácilmente a su padre, empezó a usarlo siempre que podía y este le respondía atacándolo con su báculo mágico, era sólo la madre la que podía poner la situación bajo control.

Cuando el niño cumplió diez años, su madre lo llevó a la colina más alta y allí le enseñó a volar como ella, convirtiéndose en un majestuoso ruc, con la esperanza de que, al compartir su tiempo y sus conocimientos con él, su hijo dejara de ser tan cruel.

Un día, el padre del joven los siguió y vio como ambos se transformaban en aves majestuosas y entonces se cumplió la profecía del genio y este quiso cazarles. Agarró su báculo y lo apuntó hacia ella. De este salió un destello que la derribó mortalmente y el joven iracundo se abalanzó sobre su padre, sacándole los ojos y el corazón con el pico. Retomó su forma humana y agarró el báculo.

Siendo hijo de un guerrero, al alcanzar la juventud destacaba entre los de su edad por ser un gran luchador, por lo cual se inscribió en el ejército y un par de años después desafió al Sultán, derrotándolo en batalla y convirtiéndose en el nuevo líder de Arabia. Uno muy ostentoso y malvado”. Era la historia de Akbar y él era el genio de la historia, el cual Dakar liberó al romper el báculo.

 

Dakar no podía creer el nivel de precisión en lo que decía el genio, entonces el tono del gigante ente cambió, diciéndole que había hecho mal al traicionar a su tribu, que había desperdiciado la oportunidad de cambio que le había dado el destino, pero que afortunadamente había llegado él para ayudarle a terminar el trabajo y no lo dejaría solo, sin embargo, las condiciones serían más extremas que las de la tribu.

Desde entonces el genio lo hizo enfrentarse a sus miedos más profundos, entrando en la mente del joven y convirtiéndose en sus peores pesadillas y poniéndolo en situaciones de las que sólo podría librarse solo. En una de estas, lo hizo luchar contra el Dakar de ojos rojos, pelea en la cual pudo conocer muy de cerca los poderes que tenía y debía entrenar. Pero siendo los genios seres duales, cuando estaba aburrido y quería ser cruel, entraba en sus sueños y le mostraba a su madre o a Muna, lo cual perturbaba fuertemente su espíritu, Dakar ya no sabía si la presencia de este era una bendición o una maldición.

El Sultán seguía espiando al joven con la bruja y al ver que este no sólo ya sabía la verdad, sino que se estaba entrenando igual o mejor que él, perdió la paciencia por completo, arrojó todas sus cosas por el suelo y reunió a sus tropas para salir en busca del joven, de todos modos, rastrearlo no era trabajo difícil.

En varias ocasiones debieron enfrentarse solos a las tribus, algunas veces salía mejor librado que en otras. A veces el genio adoptaba una forma humana y luchaba con Dakar, le hacía pasar largos ayunos y largas horas meditando, también lo castigaba fuertemente cuando su conducta desvariaba. Dakar a veces no entendía para qué le serviría todo esto y eso lo enojaba con el genio. Entonces el genio lo reprendía aún más. Fue así como Dakar entendió que cuando se mostraba paciente y tranquilo ante sus provocaciones, el genio dialogaba en vez de atacar y que cuando reaccionaba violentamente, este le respondía con el doble de violencia.

Después de varios días caminando en el desierto, a lo lejos se divisaron una nube de arena que se levantaba por el galope de los caballos y encima volaba un ave negra gigante, entonces Dakar reconoció el escudo del sultán en las tropas y sintió miedo, eran demasiados y él estaba solo. Pensaba que, llegado el momento, se enfrentaría solo con él en vez de tener que derrotar a sus soldados, que no sólo lo superaban en número sino quizás en habilidad.

El genio le apoyó en gran medida, los dos lucharon contra una buena cantidad de soldados y por un momento parecía que lo lograrían, pero entonces a lo lejos se vió una segunda nube de arena que seguía a otra de las tropas. Dakar no entendía nada, sabía que eran las tropas del Sultán, pero no lo veía, “¿será que no había ido?”, pensaba Dakar decepcionado.

El genio desapareció mientras las tropas aún estaban lejos. Dakar, se sentía derrotado, pero seguía luchando casi por inercia, sus ojos se tornaron rojos, se rehusaba a rendirse ante su enemigo y sacó fuerzas de toda la ira que sentía para mantenerse en pie. Entonces escuchó a lo lejos el grito de Ayoub y Akram, que se acercaban a toda velocidad con sus guerreros detrás en dirección a las tropas del sultán mientras el genio volaba encima de ellos a la misma altura que el ave y entonces la atacó y lucharon.

Akram pasó por su lado degollando a los guerreros que lo atacaban de un solo golpe. El Sultán descendió adoptando su forma humana y una vez en el suelo, desenfundó su espada mientras ambas tropas se enfrentaban a su alrededor. Dakar sólo se defendía con el sable de bambú que le había dado Akram al inicio de su entrenamiento y que se había vuelto su arma predilecta, sin embargo, llevaba su puñal a la mano, pero bien escondido para dar la estocada final, era así como había conseguido el triunfo en sus batallas durante todo este tiempo y era la misma estrategia que le ayudaría a obtener la victoria ante su padre, con el cual planeaba tener una intensa conversación.

Dakar quería confesarle que ya sabía todo y que igual pensaba matarlo, no por quedarse con su trono porque eso ya no le interesaba, ni él creía las palabras que acababan de salir de su boca, ni porque lo hubiese maltratado a él y a su madre, ni por haberla matado a ella, sino porque había entendido que su deber como sucesor era proteger Arabia de un ser tan despreciable, pero antes de poder articular palabra el sultán soltó una carcajada grave y después dijo:

-Hola hijo… Veo que has estado entrenando, también sé que lo sabes todo y cuáles son tus planes, así que ahórrate las palabras y muéstrame lo que tienes.

Y asestó un golpe con su espada en el medio del sable de Dakar, partiéndolo en dos, entonces Dakar sacó el puñal e intentó atacar varias veces, pero sin éxito alguno, los ojos de ambos brillaban del rojo de la sangre, el fuego y la venganza. El Sultán volvió a adoptar su forma de ruc y tomando a Dakar de sus ropajes lo arrojó desde una gran altura, dejando caer también el puñal. El joven casi por instinto se transformó en un ave similar pero azul y morada a mitad de la caída y entonces lucharon como iguales.

Algunos soldados habían dejado de luchar para observar la lucha entre las dos aves, otros seguían en combate y aprovechaban la distracción para tomar más víctimas. Uno de ellos le lanzó una flecha a Dakar, hiriéndolo en un ala y éste se desplomó. Su padre se lanzó en picada tras de él para atacarlo en el piso, pero el genio atrapó al joven antes de que cayera y lo movió unos metros para que su perseguidor se estrellara de frente con el piso y así fue. El ave quedó inmóvil e inconsciente, entonces Dakar retomó su forma humana, agarró el puñal y se lo clavó en el pecho. Se hizo una nube morada con destellos y el Sultán retomó su forma humana en agonía, exhaló fuertemente mirando a Dakar con sus ojos morados y entonces murió.

Las tropas del monarca dejaron caer sus armas y apoyando una rodilla en el piso hicieron una venia ante su nuevo gobernante. Los beduines los rodearon con sus caballos. Salma y Muna bajaron de sus camellos y corrieron a abrazar a Dakar, Ayoub y Akram se acercaron también y le dieron la mano en señal de respeto, el genio les había contado todo.

Se tendió un gran campamento en el lugar juntando las tiendas reales y las bedu y hubo un gran festín. El jeque dijo que en el momento en el que llegó el genio se encontraban muy cerca del lugar y por eso pudieron acudir rápido en su rescate, le manifestó sentirse muy orgulloso y que por eso tenía su bendición para casarse con su hija, no porque ahora fuera rey o mágico, no, sino porque había aprendido los valores de su tribu y que ahora lo consideraba parte de su familia. Le contó también que la voz de Alá le había dicho que el lugar al que se dirigían estaba muy cerca y que si quería podía venir con ellos y allí celebrarían la unión. Dakar asintió y con una gran sonrisa besó la mano del jeque y continuaron con la fiesta.

El joven rey se sentó con el jeque y su esposa Salma a un lado y con Muna y Akram al otro. Les dio un discurso a sus tropas sobre cómo sería su reinado, asegurando que no tendría nada que ver con la tiranía de su padre. Les comentó que al día siguiente emprenderían el camino, guiados por el jeque y que desde aquel lugar gobernaría.

Esa noche Dakar soñó con su madre, pero no era obra del genio. Estaban hablando en la playa, Dakar no reconocía el paisaje, pero la escuchaba mientras esta le decía que estaba muy orgullosa de todo lo que había logrado, que estaba feliz de que hubiese alcanzado su destino a pesar de los inconvenientes y que estaba segura de que sería un gran líder, dándole un gran beso y abrazo le dijo que era el momento de separarse y se alejó caminando sobre el mar hacia el sol mientras este se ponía dando un lindo paisaje.

Al día siguiente salieron temprano y el camino no duró más de medio día. En la hora más calurosa de la tarde se encontraron con una gran masa de agua muy azul que se fundía con el desierto y que iba y venía mojando la orilla. Dakar reconoció el lugar de su sueño la noche anterior, aunque sólo había escuchado hablar de ello en las historias de Muna y pensaba que de tanto leerlas se había metido en su cabeza, no se imaginó que un lugar así pudiera existir realmente. Las tropas reales prepararon todo para la ceremonia y para el momento en que Dakar y Muna cerraban su unión con un gran beso, el sol daba tonos naranjas y el mar se reflejaba en el cielo brindándoles un espectáculo natural sin igual.

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