La vieja taberna

 Cayó la noche en la vieja taberna. Todos comían, bebían y movían las cabezas al ritmo de la música mientras golpeaban las mesas de madera con sus grandes vasos de cuerno bajo la luz de las antorchas y el aire se llenó con ese particular olor a piel, alcohol y sudor que sólo podían expedir esos corpulentos hombres de la montaña.

Salí de mi puesto detrás del mostrador para estirar las piernas, pues el frío me helaba ya los huesos que ya traqueaban bajo la ropa. Hacía más de tres meses que las tormentas de nieve no daban tregua, el piso de toda la plaza estaba completamente congelado, las botas de piel eran un arma de doble filo pues lo que tenían de cálidas lo tenían de inestables, así que había que fijarse dos veces antes de pisar.

La plaza, que se encontraba entre el camino y un espeso y oscuro bosque, era un lugar común de encuentro en el pueblo. En el espacio semicircular en el que confluían las fachadas de los comercios podían verse pequeños campamentos con sus respectivas fogatas y tiendas, algunos cantaban, otros reían, otros contaban historias. También se veían alrededor algunos carros de madera amarrados a sus respectivos caballos que iban a parar a los dos extremos que había al lado del camino para saciar sus estómagos con un poco de avena, venían dotados de suvenires como frutas, verduras, cereales, leche, paja; otros, de piedras preciosas, cinturones, pieles y herramientas de todo tipo, también espadas, cuchillos y puñales. Parecía una noche como cualquier otra.

“Cuántas noches he pasado ya en este lugar”, pensaba, mientras llegaba a la conclusión de que la plaza se había vuelto mi segundo hogar luego de la gran aventura que fue mi juventud. Luego de todos los sacrificios que tuve que hacer, aproveché las riquezas adquiridas con mi victoria en la batalla de los dragones y compré un pedazo de tierra que luego convertí en un comercio que además era mi refugio y mi lugar feliz. Cada noche se presentaban los mejores intérpretes emergentes en un pequeño escenario que improvisé con unas cuantas cajas de madera.

En las paredes había cuatro pequeñas antorchas que iluminaban el lugar y le brindaban ese ambiente de un abrazo esperado en medio de las noches más frías. Diez mesas distribuidas a lo largo del espacio separadas por un tronco viejo y grande debidamente pulido y barnizado que hacía las veces de mostrador y donde también podían sentarse algunos solitarios. Debajo de este había siempre cuatro barriles de cerveza y en el fondo se veía la amplia colección de vasos de cuerno, aunque a veces los clientes llevaban el suyo.

Había también un pequeño fogón para alimentar a los hambrientos: salchicha de cabra, estofado, puré de papa, emparedados y demás. Era un lugar principalmente acogedor y muy querido por todos en la plaza, pero a veces las cosas se ponían tensas y es que no es fácil lidiar con hombres corpulentos que han bebido el doble de su peso en cerveza, especialmente siendo mujer. Afortunadamente me valía de una fuerte reputación lo cual ayudaba a mantenerlos al margen, pero cada noche era normal escuchar más de un comentario degradante.

Volví a mi puesto, noté que había dos solitarios más sentados en el mostrador bebiendo de su vaso de cerveza. Similares a los demás: vestidos con pieles, cinturones anchos, barbas tupidas, cabellos oscuros, pero había algo en su semblante que los diferenciaba. Quizás la cicatriz en el ojo del que estaba en el medio, o los dientes amarillos y gastados del que estaba a su izquierda, o los tres dedos faltantes en la mano del que estaba a la derecha. Me miraron, se miraron y sonrieron, acto seguido desenfundaron sus espadas e iniciaron una riña en la taberna. Su plan era asaltarme, pero no contaban con que los clientes más fieles les superasen no sólo en cantidad sino en habilidad y en menos de lo que cuesta decir la oración a la mañana estaban los tres amarrados y humillados en el centro de la plaza.

Debido al inconveniente me vi en la obligación de cerrar antes. Apenas estuvieron todos afuera cerré las pesadas puertas y me dispuse a ordenar todo el desastre: sangre por aquí, cerveza por allá, platos y vasos rotos por doquier. Mientras fregaba una de las mesas sentí una mano que se posaba delicadamente sobre mi hombro y en la ventana pude ver un cuervo que me miraba fijamente, sólo tenía un ojo. Cayó un relámpago y por la misma pude ver la silueta de un hombre cubierto con una túnica, pero cayó un segundo rayo y el hombre ya no estaba.

Con los pelos de punta me volteé para dirigirme hacia el mostrador y entonces el frío penetró por todos mis huesos, helando cada centímetro de mi piel como si uno de esos relámpagos me hubiese golpeado por detrás de la cabeza, y el vaso que tenía en la mano fue a dar al suelo con gran estrépito. Lo que tenía ante mis ojos me hizo querer gritar, pero al abrir mi boca no pude emitir ningún sonido. Yo misma, con los cabellos blancos y otras ropas me estaba devolviendo una mirada profunda en completo silencio. Levantó un brazo y señaló la puerta, que se abrió de golpe dejando entrar tan ventisca que las cuatro antorchas se apagaron. Aproveché la iluminación que entraba de las antorchas de la plaza para correr a cerrar la puerta desde afuera, corrí hacia mi caballo y salí a toda velocidad mientras las personas que había en la plaza miraban sin comprender lo que pasaba.

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