Mamá...
9 de febrero de 2013, el día de mis esperados 15 años, a las
3:30 de la mañana me despertó el fuerte movimiento de la cama. Me levanté
asustada pensando que temblaba, pero me asusté aún más cuando ví que la realidad era mucho
peor que eso. A escasos centímetros de donde yo estaba, mi mamá convulsionaba.
Como pude intenté despertarla pensando que con eso acabaría todo. Se levantó
muy desorientada, casi sin poder mantener el equilibrio caminó hacia el baño sosteniéndose de las paredes y
encendió un cigarrillo. Encendí la luz de la habitación y fui tras ella
temblando. "Hija, llama a los vecinos para que pidan una ambulancia",
me dijo. Con ayuda de la marcación rápida pude comunicarme, pues mis manos no
me respondían lo suficiente para poder marcar. No supe bien qué dije, pero me
habían escuchado gritar minutos antes y supieron que algo andaba mal. Mamá pasó
del baño al cuarto otra vez y gritándome que volviera a llamar se desplomó
muy rígida sobre la cama, el cigarrillo cayó al suelo y se apagó.
En ese momento tocaron la puerta, el hijo mayor de la vecina
había subido para ver qué pasaba. Le expliqué lo que había pasado lo mejor que
pude, no podía conectar bien las ideas. Me siguió hasta verla tendida en la cama. En
ese momento ella levantó el torso, escupió un chorro de agua y volvió a
caer inconsciente en cuestión de segundos. El vecino me miraba espantado, algo
me dice que él ya había entendido algo que yo sólo comenzaba a sospechar. "Mi mamá está llamando a
tu abuela para que mande a tu primo", me dijo. Y me pidió que le ayudara a
buscarle un pantalón y una chaqueta para cambiarla. Me dijo también que me
sentara en la sala y me tranquilizara, que era mi día y que él se ocupaba de
llamar a la ambulancia. En minutos llegó mi primo, medio dormido e igual de
desorientado que todos y casi detrás de él llegaron dos policías. No sé en qué
momento mi mamá recuperó el sentido, tampoco entendimos nunca por qué llegó la
policía si pedimos una ambulancia. Muy despacio y de las manos el vecino la
ayudó a salir y mi primo la llevó en su moto hasta el hospital con la policía
detrás.
Yo me quedé sola intentando recobrar el sueño, pero cada que
cerraba los ojos revivía lo que acababa de pasar. "Feliz cumpleaños a
mí", me repetía en silencio. Mamá me llamó cuando el sol ya había salido,
"hija estoy bien, quédate tranquila y trata de descansar para la fiesta,
nos vemos más tarde, te amo, ya la abuela va para allá". Y entonces la
abuela llorando abrió la puerta, ”¿qué fue lo que pasó?", y después de
explicarle me dijo "feliz cumpleaños, mijita". Desistí de intentar
volver a dormir, el teléfono no paraba de sonar y mi fecha especial había
pasado a un segundo plano.
En la tarde llegó mi papá a ayudarme a organizar todo para
la fiesta, ¿cómo celebrar la vida en un momento así?, pero ella insistió en que
la fiesta no se cancelara. "Mi princesa, ya estoy en casa, pero el médico
me dijo que necesitaba reposo, que no podía estar contigo hoy, tú solo trata de
disfrutar". Luego llegaron mis hermanos y los primeros invitados. La fiesta
se hizo como ella quería, yo sólo tomaba y tomaba para intentar callar el
recuerdo de todo lo que había pasado. La semana siguiente fue un poco más
normal, pero la verdad los recuerdos son como una mancha borrosa en mi cabeza. Nos pidieron que no la dejáramos dormir mucho, y le mandaron
analgésicos fuertísimos para "la cefalea".
Yo seguí yendo al colegio como si no hubiera pasado nada. Un día llegué de clase y me pidió que la acompañara al médico porque no aguantaba el dolor, pero no recordaba lo que había pasado y sólo yo podía explicarlo con detalle. Luego de haber terminado, el doctor la hizo salir del cubículo y me preguntó si de pronto ella tendría motivos para fingir algo así. Enojada lo insulté y salí también, yo sabía lo que habíamos vivido.
Ese viernes hubo
entrega de notas, a la reunión fue mi hermano y todos los profesores, que eran amigos de
mi mamá, entendieron que algo pasaba pues ella nunca faltaba, pero no hicieron preguntas. A la semana siguiente, no recuerdo bien
qué día, pues en mi mente todo fácilmente pudo haber
ocurrido en un solo día, salí para el colegio y a mitad de camino sentí en el pecho que debía
devolverme, pero seguí mi camino. En las primeras horas tuve un ataque de
pánico y no podía respirar, hablar o parar de llorar. Me mandaron a enfermería
casi tres horas, hasta el descanso, y después la directora de grupo me llevó
aparte para hablar conmigo. Le conté lo que pasaba, pero le pedí que no lo
comentara.
Al llegar a casa mamá no estaba. Se me heló la piel. Estaba
mi abuela sentada en la sala rezando y llorando y entendí que esa mañana había
sido la última vez que habría podido hablar con ella. A las 2:30 llamó mi papá:
"estamos en el neurológico, le encontraron una aneurisma en el cerebro y
le tienen que hacer tres cirugías. Las posibilidades, en caso de que sobreviva, son de que quede en estado
vegetativo", y
mientras escuchaba esas palabras en mi mente recordaba lo que siempre repetía:
"quiero morir a los 52, de algo rápido, sin dolor y preferiblemente
dormida, si he de quedar en estado vegetativo por favor déjame morir". Y
sentí cómo mi mundo se derrumbaba mientras el teléfono se caía de mis manos.
"No le digas nada a tu abuela todavía", fue lo último que escuché.
En la casa había un silencio fantasmal, mi abuela y yo no
podíamos mirarnos la una a la otra sin llorar. Ella por el desespero, la incertidumbre
y la sola posibilidad de perder otra hija y yo por el dolor de saber y no
poderle explicar. A la noche me llamó mi hermano, me dijo que nunca me iba a
dejar sola y que teníamos que ser fuertes por ella, porque eso era lo que nos
había enseñado siempre. Intenté, como pude, seguir adelante, pero el 20 de febrero, once
días después de todo, debía ser miércoles porque al llegar de educación física
me llamaron a coordinación con el bolso. Se me revolvió el estómago, sabía que era
cuestión de tiempo para recibir ese llamado. Siempre he sido muy juiciosa y la
coordinación académica no era precisamente un lugar que frecuentara así que en
ese momento todos entendieron que algo muy serio estaba pasando, pero sólo yo
sabía exactamente lo que me iban a decir.
María me preguntó primero por qué no le había dicho nada si
sabía que mamá era su amiga y que el colegio me podía ayudar y admitió que se le había hecho muy raro que a la reunión hubiera ido mi hermano. Luego de explicarle
todo y soltar un par de lágrimas me dijo: "Hablamos con tu hermano, en el hospital se comunicaron para que
se reuniera la familia, tu papá ya viene a recogerte". Cuando llegué a la
casa mi abuela lloraba de felicidad y le agradecía al Sagrado Corazón, estaba
convencida de que le iban a dar una buena noticia. Aunque yo creo que en el
fondo ella también lo sabía, pero el dolor no le permitía aceptarlo. Su
esperanza y su ilusión sólo hacían todo aún más doloroso. Llegamos a la UCI, ya
había estado allí unos días antes luego de la primera cirugía, cuando mamá nos
reconoció a todos aun con sus capacidades de habla y movimiento notablemente reducidas. Esta vez no hablaba ni se movía.
Los médicos nos dejaron solos para que dijéramos lo que
teníamos que decir antes de que la entraran a la última cirugía. Yo traté de
estar muy tranquila todo el tiempo, hasta que al salir de la UCI vi a toda mi
familia sentada en la sala de espera (habían llegado mientras yo estaba
adentro) y se levantaron al verme salir. Creo que más bien estaba en shock,
porque en ese momento entendí lo que estaba pasando y me derrumbé ante el
primer abrazo. Mi otro hermano me llevó a comer algo para que me serenara un
poco y como éramos tantos, los médicos nos pidieron que nos hiciéramos en el
balcón para desocupar un poco la sala. Charlamos y hablamos hasta que se
calmaron los ánimos y mientras mamá salía de cirugía.
Llegó una doctora, nos preguntó cómo estábamos y luego
empezó a hablarnos sobre la muerte cerebral. Todos nos mirábamos como quién no
quiere entender algo que está más claro que el agua y las miradas empezaron a
posarse lentamente en mi abuela y en mí. Yo no quería mirarla porque sabía que
hasta ese momento sería capaz de mantener la compostura, pero entonces ella
rompió el silencio con un lamento que le partiría el corazón a cualquiera y sin
darme cuenta todos empezaron a abrazarme. Para mí el mundo estaba muteado bajo
el silencio de la muerte, pero ya no podía jugar más a hacerme la fuerte y me
quebré como una represa que ya no aguanta la presión.
Nos llevaron a una habitación privada a mi hermano, mi papá y a mí. Los médicos me hablaron con mucho amor y paciencia sobre lo que pasaba, me explicaron que ahora mamá sólo podría responder a las funciones básicas mediante una máquina y que la decisión de dejarla así era mía. Yo recordé sus palabras y cumplí su voluntad de no forzarla a esa vida. Me explicaron entonces los órganos que podían ser aprovechados para la donación y me dijeron que de nuevo la decisión era mía y yo acepté. Los doctores me felicitaron porque sabían que no era una decisión fácil de tomar y mucho menos a esa edad, pero yo ya había hablado de eso con ella muchas veces en el pasado y ambas estábamos de acuerdo en que era lo mejor para todos. Salimos y me despedí de ella definitivamente. Su piel aún estaba caliente pero ella ya no estaba ahí.
Mi hermano se fue a casa con mi cuñada y movieron todo de
lugar. Yo me fui a la casa de una prima un par de días. Ahí empezaron mis
verdaderos trastornos del sueño. Al otro día, para el velorio, yo seguía
adormecida. Todos admiraban mi tranquilidad. Mi abuela estaba enojada conmigo
porque yo no era capaz de hablarle. Pero es que no era capaz de mirarla sin
quererme morir yo también. En un momento salí a encontrarme con un amigo y
mientras él iba pasando la calle yo me encontré de frente con un coche fúnebre
que llevaba el nombre de mi mamá y un arreglo floral en la parte de atrás, entonces
todo se hizo más real que nunca. Mi amigo llegó justo en el momento en que iba
a desplomarme ante el peso de la realidad y no me dejó caer. Cuando me
incorporé, vi que tras de mí venían seis personas muy elegantes sosteniendo el
féretro y lo subieron al auto. Yo me fui detrás en la moto con mi hermano.
Ninguno de los dos podía creer el nombre que adornaba aquella cinta.
Al llegar al cementerio ví a dos compañeros del colegio con el uniforme. Se me hizo muy normal en el momento, como si estuviéramos a la salida
de este y no en un cementerio. Me bajé de la moto y cuando me dispuse a entrar ví a todo el salón salir
a mi encuentro con profesores, monjas y coordinadores. Mi mejor amiga le había
avisado a otros cercanos y estaban esperando(me) con ellos. Sentí un gran
abrazo y gratitud. Durante la misa y la cremación ya no lloraba, no me quedaban
más lágrimas. Volví al adormecimiento.
Eventualmente volví a casa, a vivir con mi hermano, mi
cuñada y mis sobrinos. Todos esperábamos verla volver en cualquier momento,
pero ese día nunca llegaba. Nunca llegó. Yo pasé de ser la niña de la casa a
ser la hermana mayor en una familia nueva que me dio mucho amor, y a la que
quizás no supe retribuírselo de la mejor manera porque estaba ocupada sintiendo
mi dolor, o más bien intentando no sentirlo. A ellos más que a nadie, perdón y
gracias por todo.
Han pasado más de nueve años y cada día me doy cuenta de que hay heridas que nunca cierran. Hoy en día me sigo quebrando de la misma manera, incluso peor porque ahora tengo muchos más problemas, también soy más consciente de lo traumático que fue todo y cuando miro en retrospectiva puedo ver lo mucho que cambió mi vida después de ello. Pero madre, tu ausencia es la herida más hermosa que llevo, porque me siento orgullosa de ser tu hija y yo, que nunca hago promesas, donde quiera que estés prometo hacerte sentir orgullosa de ser mi madre.
Es una historia muy conmovedora, narrada de tal manera que, lleva a sentirse en el tiempo y en el lugar de los hechos. se percibe mucho amor pero a la vez mucho dolor
ResponderEliminarEl final es inquietante y esperanzador. Te felicito, muy buen texto, abrazos 👏👏👏🤣😘❤️🙏
ResponderEliminar