25 Otoños
Cumplir 25 años en un país como Colombia es una puñalada gubernamental por la espalda. Significa renunciar al acceso a la salud y a cualquier tipo de apoyo económico para estudiar o para suplir cualquier necesidad básica por más mínima que sea. Supone el Estado colombiano que a los 25 ya se es un adulto responsable y que puede responder por sí mismo económicamente, pero nada más alejado de la realidad, a los 25 uno todavía se siente un adolescente, las condiciones sociales a veces no permiten que una persona a esta edad haya podido siquiera culminar sus estudios y aun, de haberlo hecho, es muy reducido el campo laboral que realmente ofrece la oportunidad de vivir cómodamente, entendiendo esa comodidad como un ingreso suficiente y un oficio satisfactorio. Muchas veces los jóvenes se ven obligados a dejar de estudiar para trabajar y así poder tener un techo o un pedazo de pan.
En mi caso particular, hace diez años que vengo contando los
días para este para nada anhelado momento, pero llegado el día veo florecer los
guayacanes y me parece que no todo es tan malo. En 25 años jamás había notado
que su momento era en febrero, al igual que el Festival de San Remo. El ayer se
quedó en el avión Colombia - España aquel día de diciembre. No soy la misma que
salió de aquí e interactuar con todo lo de ese entonces me hace mal, me enferma.
Incluso hay amigos y amores que parecen no tener cabida en esta nueva vida.
Una vez en España me pedí perdón por haber permitido tanto
maltrato por parte de otros, pero, sobre todo, por parte mía y me prometí no
volver a hacerlo. Todo ese odio que un día sentí se transformó en amor, no sé
bien cómo ni en qué momento, pero así fue y estoy feliz de que así haya sido. Me
gusta de mí que siempre termino encontrando el camino, aunque me cueste. La
ansiedad, la incertidumbre, la inseguridad, la impulsividad y el malestar estomacal
son cosa del pasado. Colombia es mi pasado; volver, un retroceso.
Habrá quienes digan que han crecido conmigo y que pueden dar
fe de mi amor y lealtad a través de los años; habrá quienes sólo sepan hablar
de mi cuerpo y dirán que mis caderas son dignas de un monumento por su color y
volumen. Por último, estarán aquellos que digan que jamás los dejé entrar y que
por ello soy rara o que no soy de fiar. No juzgo a ninguno, la percepción es
subjetiva, es más bien que siempre he sido selectiva pues no me gusta quien
intenta agradar a todo el mundo y por eso intento no ser esa persona.
El día de hoy me miro y me gusta lo que veo, y sólo la
persona en el espejo sabe cuánto me ha costado llegar a esto y agradezco por
tener un techo, porque no me falte un bocado de comida, un padre que aún con sus
errores se preocupa por hacer un buen trabajo, aunque confieso que a veces desearía
que fuera otro; por tener una familia que a pesar de la distancia me quiere y se
preocupa por mi bienestar.
25 primaveras que han parecido agridulces inviernos, más bien 25 otoños. Agradezco
por mis amigos, por mi trabajo y por mis letras. Por todo eso que me ha llevado
a ser quien soy hoy. Por las pérdidas y por el dolor que sentí un día, porque
sin ellos no me habría convertido en este ser tan fuerte y poderoso. Por los libros, por la música que me han dado
el apoyo más sincero en los peores momentos. Por las carreras que no fueron y
que me enseñaron a descubrir lo que no quiero. A mi corazón y a la Nathaly del
pasado por no rendirse y ser capaces de llegar hasta aquí.
Sin embargo, aquí estoy. Sentada con un porro en una mano y
una botella de vino en la otra. Completamente sola, sin saber siquiera si mi
progenitor estará lo suficientemente consciente para recordar qué fecha es hoy,
siempre se concentra más en la que se avecina. Febrero no es un mes fácil en
casa. Y mientras trato de mantenerme concentrada en estas palabras que he escrito
durante los últimos cuatro meses, en los sueños cumplidos en los últimos días,
contemplo la idea de abrir mis venas y acabar con mi existencia en la misma
fecha en que inició mientras el celular reproduce música que intenta ser más
pesada que mis pensamientos para controlar los impulsos. Entonces vomito letras
y más letras para exorcizar el sentimiento mientras un par de surcos empapan
mis mejillas y el vino trata de desatar el nudo en la garganta.
Pasada la euforia, vuelvo a cerrar los ojos para pensar en
el futuro y me agobia la profunda nada, el abismo. La soledad del presente no
es buena compañía. Ese extraño contraste entre el optimismo y la negatividad no
es otra cosa que el reflejo de mi vida y mi cerebro. Ese constante ir y venir,
ese desequilibrio causado por la experiencia y los vicios. Déjenme llorar que
es una fecha difícil, volveré a brillar.
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