Eurocrónica

 Lo que estoy a punto de narrar es en parte el recuerdo de un recuerdo, pues el texto original lo perdí en medio del viaje del cual me dispongo a hablar.

Hace mucho tiempo que mis días se llenaron de despedidas, de soledad. Hasta el punto en que la frase “dile que lo amas para que se vaya” se volvió, más que un chiste, parte de la cotidianidad. Así que un día decidí mirarme al espejo y decírselo a mi reflejo, fue así como hice mis maletas y me fui en busca de mis raíces.

El reencuentro me llenó de emociones, me llevó a entender muchas cosas de mi esencia que pensaba que no tenían explicación y por primera vez en mucho tiempo las fiestas no fueron motivo de tristezas, por primera vez en mucho tiempo no era blanco de juicios destructivos con palabras y miradas; por el contrario, me sentí como la pieza perdida y destartalada de un lindo rompecabezas que había sido encontrada bajo un viejo mueble y que después de mucho tiempo logró completar la imagen en un fuerte abrazo. Por primera vez en mucho tiempo me sentí parte de algo.

Llevo ya varios días tratando de continuar este texto, pero lo cierto es que no encuentro palabras para expresar la manera en la que late mi corazón desde entonces y a veces me invaden lágrimas, de nostalgia, amor, felicidad y frustración. No tener el manuscrito inicial me bloquea un poco, cosa que sólo quien también escriba podrá comprender, así que me aferro fuertemente a los recuerdos de este viaje y a las emociones que me hizo sentir para continuar plasmándolos aquí, no vaya a ser que me traicione la memoria haciendo pasar por fantasías los momentos más felices de mi vida.

Recuerdo que hacía frío en Zaragoza, pero pequeñas cosas como un buen plato de comida hecha con amor o un vino caliente en la Plaza del Pilar llenaban el ambiente de un calor de hogar que hacía que no lo sintiera (o quizás era sólo la calefacción) y mi rostro iba casi siempre adornado con una sonrisa poco habitual en mí, pero muy natural. Entonces comprendí que Colombia no me hace feliz, pues lo relaciono directamente con las más de mil amargas noches que he vivido aquí y donde siento que ya no queda nada para mí. Una reconciliación en la cual ahora que estoy de regreso debo trabajar.

Mi primer impacto fue, de la mano de mi prima, conocer la tradición medieval que se conserva aún en España: mezquitas convertidas en iglesias católicas, acueductos romanos en cualquier lugar o la cantidad de castillos como el de Olite que me hizo sentir como en un cuento de hadas. Conocer escenarios de producciones como el castillo de Loarre de En el reino de los cielos o las imponentes escaleras de Dragonstone en San Juan de Gaztelugatxe, en País Vasco. Reconocer la gran herencia vasca que tenemos los antioqueños, hasta el punto en que Juanes tenga una canción en euskera. Despedir con gratitud a un gran amigo en Bilbao, sin el impulso y consejo del cual este viaje no se habría materializado.

Conocer la capital en la víspera de año nuevo al lado de una de las personas más importantes e influyentes en mi vida: mi primo. Conocer el árbol y la plaza desde la cual al día siguiente se transmitirían las campanadas a nivel nacional y poder decir “yo estuve ahí”. Reírse del palacio real y de la ironía de tener al frente de semejante catedral. Entrar al Museo del Prado y encontrarme de frente con todas las obras que algún día me enseñaron en bachillerato, El jardín de las delicias, Las Meninas, La Venus de Goya, entre otras. Burlarme de la RAE en la puerta de esta, de la bandera roja y amarilla que ondea en cada edificio, de los monumentos a los conquistadores y hasta pescar un resfriado por los constantes cambios de temperatura entre interiores y exteriores.

Otro de mis grandes impactos fue el poder ir de un país a otro y estar de vuelta en menos de ocho horas con poco presupuesto, ser capaz de trascender las barreras idiomáticas en ambos lados de la frontera franco-española. Y aunque una de mis grandes ilusiones era conocer la nieve, no haberlo hecho no me quita la ilusión de lo vivido.

Pero lo que sentí en el avión al ver tierra después de casi dos horas de vuelo, esa tierra con la que había soñado por tantos años y que en ocasiones llegué a pensar que sólo existía en mi cabeza me desbordó y para el momento en el que me topé con el letrero que decía “Benvenuto a Roma” ya mi cara estaba hinchada e inundada por surcos de felicidad. Casi sentí que valieron la pena los momentos incómodos en los aeropuertos debido a mi nacionalidad sólo por estar ahí.

Roma tiene dos caras: una sucia e insegura y otra bronceada, hermosa y llena de historia. Es caminar por senderos peligrosos por los que un día caminaron emperadores, esclavos, gladiadores y soldados y en los que ahora vive y come gente como tú y como yo y de repente mirar hacia un lado y ver imponente el Coliseo asomado entre los edificios. Es comer auténtica pasta en cualquier esquina, comerte un gelato que te cambie la vida al lado de la Fontana di Trevi, conocer gemas en el Hard Rock Café y luego salir del Metro sin celular. Me hizo sentir como en casa. Florencia, por otro lado, es una ciudad para burgueses ilustrados, igualmente llena de arte e historia, pero con ese aire de superioridad intelectual que dejaron los Medici. Sin embargo, el camino hacia Florencia fue igual de mágico. Recorrer el campo italiano durante la mañana, los viñedos, las casitas, las flores, los colores, escuchar las canciones de Tiziano Ferro y muchos otros en su idioma original, esas que tantas veces escuché para practicar pronunciación, sonaban en la radio de manera cotidiana y otra vez mis ojos se llenaban de lágrimas de amor. Ver la catedral, caminar el Ponte Vecchio, ver el David de Miguel Ángel en la Galleria dell’Accademia. Hizo falta tiempo para conocerlo todo, pero eso sólo es un motivo más para regresar.

El paseo por el Vaticano no lo disfruté tanto porque me cuesta demasiado aceptar el derroche económico de la Iglesia católica a través de los años, porque ya estaba cansada de caminar y caminar y mi cuerpo me pedía un descanso, porque había perdido mi celular y no podía continuar transmitiendo en directo todo lo que estaba viviendo. Algo que para un comunicador de mi generación es casi una tragedia. Pero el rincón futbolero del Papa Francisco sí que me alegró, más ahora en mi proceso de reconciliación con el hecho de que disfrutar del fútbol no me hace menos como mujer.

Barcelona fue el destino final, y casi que se llevaría el premio a la ciudad más hermosa que he conocido en la vida si Roma no me hubiera impactado de la manera en que lo hizo. El legado de Gaudí es algo que no tiene comparación en el mundo, tanto que me atrevería a decir que La Sagrada Familia es de lo menos impresionante si se compara con el atardecer en la playa visto desde el Parque Güell o la Casa Batlló, entre muchos otros que no sé nombrar perquè encara no parlo català amb fluïdesa, y así voy encontrando nuevas metas en el camino que recorro: aprender un nuevo idioma, uno de mis pasatiempos favoritos.

Aprender, reconectarme con los míos, cambiar de aires, alejarme de gente y cosas nocivas, conocer y sobre todo cumplir sueños. Respirar el aire limpio, patinar sobre hielo, conocer la gastronomía, entender lo que es poder tomarse un buen café en cualquier esquina aun siendo colombiana, ver cómo la gente respeta la vida, el espacio y lo ajeno. Cruzar en un segundo esa línea de idealización profunda que hace ver cada meta tan lejana e imposible de realizar al verme ahí y ahora y retornar con la necesidad de crear nuevos sueños y reordenar mis prioridades para continuar la línea de mis propósitos de vida al ver los que consideraba más lejanos ya cumplidos a mis 24. Cuestionarme nuevamente qué es entonces el tiempo, qué es entonces la vida, si alguna vez sabré utilizar alguna de los dos antes de hacer las cosas o si será sólo revisando el pasado en un día lejano en que pueda analizar si cumple mis propias expectativas.

Si me queda algo por mencionar, siempre habrá más escritos donde encuentren un lugar para salir.

A mi familia, un profundo amor y agradecimiento por haberme abierto sus brazos y sus puertas después de tanto tiempo, por permitirme sanar tantas heridas sin saberlo, por ayudarme a entender que la felicidad está sólo a una decisión de distancia. Mil abrazos y la esperanza de volver pronto, muy pronto.

PD: Ojalá que Luna y Yuca estén ahí para verme volver.

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