Espejos

 

Todos hablan de las vidas pasadas, pero poco se habla de la posibilidad de identificar un antepasado en las líneas de un libro, cuando la vida del personaje refleja el propio ser casi a cabalidad, exceptuando, claro, las exageraciones necesarias de la dramaturgia. Encontrar una similitud tan letal que casi duele en el cuerpo, en los huesos.

Para el autor no se trata más que de un montón de cualidades que ayudan a darle profundidad al personaje, pero al leerlas se siente como si supiera exactamente lo que iba a pasar unos años antes de toparme, “por casualidad”, con su obra. Como si con sus palabras hubiera hecho una sentencia más que una oración, como si se tratara de mi propio destino el llevar a cabo lo que el autor había escrito. ¿Vivo acaso en la imaginación de aquel hombre?, ¿o eran visiones lo que el escritor confundía con una imaginación prolífera?

Muchos hablan de vivir un romance poético, una historia de esas que sólo se encuentran en los libros, pero pocos hablan de horror que significa encontrar el momento más difícil expresado en las palabras de un desconocido, es revivir el dolor, porque lo poético de esas historias no reside en la belleza sino en la sublimidad, en la humillación escondida detrás de un amor mutilado, en cómo las cenizas cuentan entre el humo el ardor cuando el fuego era rey.

Y no sólo en el amor sino en la vida, en la vocación, en la profesión, siempre hay un libro para todo lo que cruza la existencia. Y es ahí donde se cuestiona otra vez el eterno retorno, el dejá vú, cometer los mismos errores una y otra vez, errores tan comunes que las grandes mentes escribieron ya sobre ellos, fue quizás esa sensación la que llevó a García Márquez a escribir Cien años de soledad, con esas mariposas amarillas que revolotean aún en mi alma al recordar esa dolorosa existencia que me partió la vida en dos.

Y es que, si quisiera reconstruir nuestra historia en palabras de autores que admiro, tendría que tomar las partes más deliciosas, pero también las más desgarradoras. De profundis, Sobre héroes y tumbas, La insoportable levedad del ser, Cien años de soledad, Rayela, Orgullo y prejuicio o los cuentos de Ovidio. Es aquí donde me doy cuenta de que soy Wilde y Alejandra y Teresa y Meme y Horacio y Elizabeth y Eloísa y de que vos sos Alfred y Alejandra también y Tomás, y Mauricio Babilonia con tus putas mariposas y La Maga y Darcy y Abelardo y que a través de los años he intentado llenar con poesía el vacío que quedó, pero no es sino hasta que la poesía brota de mis propias manos, como sangre purulenta de una herida aún abierta, que siento el dolor mengua, que el suelo bajo mis pies deja de temblar, que desaparece el caos.

Admito que cansa un poco el que a pesar de los años sigas siendo el motor de mi arte cuando nunca fui yo el motor del tuyo, si bien eso no quiere decir que me arrepienta pues es quizás lo único bueno que me ha quedado de todo esto, pero no veo la hora de que este dolor deje de ser el eje de mi vida: la falta o exceso de apetito, el ardor en la boca del estómago, el nudo en la espalda, el ceño fruncido, la falta de sueño, los días cansados y grises. Llegar al ocaso del dolor porque no es justo que teniendo mil motivos para sonreír y estar bien, sea este vértigo lo que me despierte cada día y al mismo tiempo me impida salir de la cama.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Luna en Acuario

Ana sigue aquí

El cirujano