10/07/23
Hay días como hoy, noches como hoy en las que el tiempo
perdido me pesa como una herropea gigante. En las que encuentro innecesaria y vana
mi propia existencia. En las que me estorba la belleza del mundo y de los demás
porque siento que jamás seré digna de ser parte de algo bello y me torturo a mí
misma buscando la forma de transformar el sentimiento en poesía, cuando lo
único que en realidad quisiera es agarrar el cable que reposa a pocos metros de
mí y agotar con él el flujo de oxígeno hacia mi cerebro. Entonces, para luchar
contra la tentación, aguanto la respiración hasta que todo a mi alrededor se
vuelve oscuro, pero de nuevo me ataca esa cobardía de que quizás el mundo no
note mi ausencia, “¿por qué habrían de notarla si nunca he destacado en nada?”
y vuelvo en mí sólo gracias al dolor de cabeza mezclado con impotencia.
A veces pienso que a papá no le dolería perderme, sino más
bien que me vaya sin haber sido alguien y esta última conclusión me hace pensar
que quizás estoy un paso más cerca de esa decisión de lo que he estado en todas
las veces en que lo he considerado. Quizás sea sólo la frustración de encontrar
mi ritmo tan limitado.
Pienso que quienes juzgan no tienen idea de lo que es anhelar
un abrazo, un beso en la frente, una palabra de aliento, un punto de apoyo
cuando las piernas no son suficientes. No me gusta esto, siento que no define
bien lo que quiero expresar, sin embargo, sigo escribiendo porque tampoco me
gusta lo que siento, mucho menos lo entiendo y como siempre, no tengo nadie con
quién hablar.
Miro a mi alrededor buscando motivos para seguir, pero sólo
encuentro motivos para partir y el rechazo de quienes considero importantes. Me
pregunto si estas palabras algún día llegarán a ser leídas, si todo lo que he
escrito llegará a algo en algún momento o si se convertirá sólo en un cúmulo de
archivos sin sentido en el ciberespacio. Más allá de eso, me pregunto si algún
día mi nombre significará algo para alguien o si será sólo un registro más
hasta el fin de los tiempos.
No sé de dónde viene esta necesidad de ser alguien. No sé si
fue Sócrates o el profesor el que plantó esa semilla de ansiedad en mi cabeza
con su “¿quién soy yo?”. No sé si fue el “Excélsior, siempre más y mejor”, o si
fueron las expectativas paternas inalcanzables: “tienes que ser la más hermosa,
la más inteligente, la mejor” y entre tanto esfuerzo en vano, terminé convirtiéndome
en mediocre y desertora, ¡pero la mejor! Son esas las trampas del ego, ¡capitalismo!,
el poner la exigencia por encima del amor. La indecisión. Y ante la imperfección
de la realidad, decepción.
¿Cómo limpiar entonces el resentimiento que hoy opaca mi alma
y mi corazón?, ¿cómo hacer para ver al otro como amigo y no como rival?, ¿cómo
sentir que soy suficiente? Si ante todo lo que he querido ser sólo he
encontrado burla y rechazo, en la infancia, en mi casa, hasta en el amor. ¿Cómo
ser capaz de perdonar y abrazar a la persona en el espejo? Si soy yo quien más
repudio siente hacia ella, ¿cómo romper este bloqueo que no me deja avanzar?
Construí una pared pensando que así evitaría el daño del exterior, pero no me
percaté de estarme encerrando con un monstruo que puede llegar a ser peor de lo
que podría encontrarme allá afuera.
Tantas dudas, tantos pensamientos y como siempre, “la
respuesta está en tu corazón”. Tanto tiempo perdido y tan poco tiempo que
perder. Todos dicen estar, pero llegado el momento nadie responde, así que no
me pregunten con falso interés si todo está bien porque mientras pueda
escribir, sé que podré mantener la cordura, porque sólo yo puedo traerme de
vuelta por mucho que me cueste.
Escribes muy bien no te comas el coco por esas inquietudes quizás también sea bueno salir de tu zona de confort
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