El todo y la nada
Es difícil seguir el ritmo de los pensamientos que inundan mi
mente cada segundo. Tú ya estás aquí y no me queda de otra que dejarlos salir para
que me dejen dormir. ¿Qué es eso que no puedo descifrar? Quiero irme de aquí.
Hace un año creí tener el control de mi vida y ahora la vida me enseña que es
siempre ella la que lleva la batuta. Que la respuesta soy yo y que tengo que encontrar
la pregunta. Que nada cae del cielo, pero todo llega cuando dejas de buscarlo.
Porque así es ella, caprichosa y contradictoria. Su mensaje, tan impronunciable
como el nombre de una criatura lovecraftiana.
Pienso también que no entiendo esta obsesión por el pasado, esta
nostalgia, este volver a lo que ya no existe, ni esta necesidad de romantizar el
dolor y poetizar cada palabra, este afán por no pensar, pero terminar volviendo
cada noche a los lugares donde floreció mi vida, ¿por qué me cuesta tanto
disfrutar el hoy si igual mañana he de extrañarlo? Necesito dejar de pensar
y empezar a actuar, pero ¿cómo?
Quisiera estar en el mar. Quisiera estar en el mar y huir de
esta inestabilidad bajo la libertad que ofrecen sus aguas, bajo la tranquilidad
que ofrecen sus olas. Y el calor del sol que derrite el inverno de mi corazón. La
gente suele confundir con tristeza el tono de mis palabras, yo estoy bien (¿lo
estoy?). Lo que pasa es que persigo la comedia, pero no la alcanzo, lo mío es el
drama.
Cierro los ojos y por un segundo estoy en aquel cuarto de
baño azul dándome una ducha, con un agua más fría que el clima de enero, para
salir a buscar desayuno a la linda panadería en la que un día el panadero me
preguntó, con una sonrisa mientras cantaba, si era argentina, que de dónde era mi
acento y que qué hacía entonces una colombiana en las sucias calles de ‘la
cittá eterna’. Y después estoy tratando de resolver un rompecabezas que me
habla en euskera después de visitar ‘Dragonstone’ mientras pienso en cuánto
admiro a esa morena que me hace de guía y que me enseñó tanto. No, no es una
amante, nos une la sangre.
La madrugada avanza y con ella la turbulencia de las ideas que llegan y empiezan a llover soluciones hipotéticas a todos los errores del pasado. No sé si tengo una idea particular qué compartir aquí, estoy sólo descargando mi cerebro de pensamientos recurrentes que no me dejan en paz, poniendo también en práctica lo único en lo que siento que puedo ser yo misma. Y recuerdo entonces los sinsabores que me ha dejado tener muy altas las expectativas sobre mis habilidades, pero que son, por mucho, más dulces que aquellos que me ha dejado el no confiar en la única persona que ha estado conmigo desde el día uno.
Quizás le he concedido más poder a las posiciones de los planetas del que debería, pero no puedo negar esta conexión con ese ‘orgasmo de la naturaleza’ que es vivir, y me arrepiento de todas las veces en que quise morir, aunque la idea vuelva cada tanto. Y encuentro que mi vida es un millar de ‘peros’, que me he pasado los días pensando y no actuando y por eso hoy no me siento capaz de hacer, y la gente lo nota. Es difícil estar tanto tiempo a solas con uno mismo y más con tanto en contra, pero no es mi peor momento. Ah, ya estoy harta de que aparezca tu memoria a cada instante, en cada uno de mis intentos de mirar hacia adelante, sea porque ya no estás o porque no existes. Quiero escuchar algo que no haya vivido antes.
¿Seré capaz de escribir al fin una canción?, ¿me alcanzará la vida para aprender a tocar todos los instrumentos que quiero?, ¿tendré un día una banda?, ¿trabajaré para un periódico?, ¿llegarán las historias que escribo a la gran pantalla?, ¿tendré algún día ese espacio soñado dedicado al arte al cual llamar hogar?, ¿es la música mi intento desesperado de buscar aceptación? Esa barrera desconocida que me impide convertir mis poemas en canción es lo mismo que hoy me tiene ante este abismo de no poder tomar una decisión. No a raíz de ello, sino que están hechas de la misma materia indefinible, la misma del velo que me impide entender lo que dicen mis sueños.
No, no estoy siendo muy dura conmigo misma, estoy siendo
sincera conmigo misma y totalmente transparente con quien me lee. Yo estoy
bien, en serio. Mientras pueda escribir, siempre encontraré la manera de estar
bien. Estoy mejor que nunca y al mismo tiempo estoy peor que nunca, como una
pradera en el desierto, como una delicada flor que brota entre las grietas del
infierno. Y me refugio en los libros, porque dentro de mí hay una pequeña niña
que juega a esconderse en una fortaleza hecha de ellos y me hablan, fuerte y
claro. ¿Me estaré enloqueciendo yo?
Extraño a mi gata y ella también me extraña, pero no oor querer que salga de mi aislamiento sino de dejar de reconocerme. Ayer cumplió un año y
no lo supo porque no quiso hablarme, luego se acurrucó a mi lado, me miró con
sus ojitos brillantes y se quedó dormida ronroneando. Me duele sentir que no
puedo darle la vida que siento que merece. Yo no sé si ella sabrá todo lo que su
existencia hace a diario por mí.
Tres de la mañana y otra vez tengo hambre. Hace varios días
que no me lavo los dientes. No sé si eso último sea una suerte de protesta
contra los años que pasé estudiándolos, sólo sé que hoy evito moverme al máximo.
Para salir de la zona de confort hay que moverse y moverse hoy es muy
complicado, mejor no. Además, ya son las tres de la mañana, mejor subo el pie antes de que algo salga de debajo de la cama y cierro la puerta antes
de que algo entre. Que la gata haga guardia mientras yo soy vigilada desde las
paredes por los ojos de mis ídolos e intento acomodarme entre el dolor y la
rigidez que empiezan a volverse paisaje.
Al reggae le debo mi cordura de hoy, porque calma mis latidos
y me permite cerrar los ojos, respirar. Sus letras son todo lo opuesto a lo que
he escuchado siempre y descubro que quizás la música haya influido más de lo pensado
en mi inestabilidad. Dios, cómo me duele la pierna en este momento… ¿Qué querrá
enseñarme todo esto?, ¿cómo descifro esa materia amorfa e incolora, esa
sustancia desconocida que envenena mi mente y la mantiene inquieta? Hoy sólo
quiero que la vida se lleve todo lo que entorpezca mi camino. Hoy sólo la
paciencia puede salvarme.
Nathaly C. Posada
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