Un viaje a través de la ansiedad
A mamá la mató la ansiedad y cada día me aleja de papá. Cada vez que intento entenderla se ríe en mi cara, hasta el punto en que hoy, todo mi cuerpo lleva su huella. Mis dientes están manchados y despicados por la nicotina y el estar mordisqueando. Mis pulmones son débiles por la cantidad de humo que he inhalado.
Un día cualquiera, quise enfrentarla y la desafié queriendo hacer las cosas bien. En el afán por recuperar el tiempo perdido, por demostrar que no era mi primera vez, por querer sacar su veneno de mi ser, se rió de nuevo y la patada salió con más fuerza de la que mi propio cuerpo pudo resistir.
Busqué entonces sosiego en la música y cuando todo parecía estar en su mejor momento, apareció de nuevo su burla en forma de una canción que inmovilizó mi mano en un intento de cumplir las expectativas de alguien que no era yo.
Tratando de mantener la compostura, intenté luego conseguir un buen trabajo. Todo parecía ir bien, hasta que un examen físico declaró que mi oído no estaba en buenas condiciones, 'puede ser por la fuerte exposición al ruido a la que me he sometido para callar esa voz que entre risas me dice que no puedo', pensé; 'el problema es el cerebro', dijeron los médicos.
De nuevo en el estómago el agujero negro de la incertidumbre que arrasa con todo carbohidrato, alcohol y nicotina, al igual que mi cuerpo con todo lo que esté en el lado izquierdo porque no logra percibirlo bien.
Puede ser entonces por los tantos años de sustancias que detonaron el antecedente familiar, puede ser también algo congénito, aún no puedo saberlo porque sin trabajo no hay atención médica, por ende ni mejoría en la pierna o en la mano. Ya hablé de esto una vez en los '25 otoños', la crónica que anunciaba esta muerte, la más grande de sus burlas. Es que sólo puedo imaginarla llorando de risa mientras me apunta con el dedo diciendo 'la pobre piensa que es más fuerte que yo'.
Pasó un mes sin ir a clases, me cuesta pararme de la cama y no es porque mi cuerpo esté magullado, sino porque la voz en mi cabeza no me lo permite. Pensaba que era sólo mala suerte, pero las cajetillas de cigarrillos acumuladas en una mesa eran una clara señal, entonces noté que había subido de peso en tiempo récord por los atracones de comida y alcohol, un patrón muy claro que ha estado presente desde hace ya un buen tiempo en situaciones similares.
Tres de la mañana y aquí estoy escribiendo, porque no me deja levantar pero los mil pensamientos por segundo tampoco me dejan dormir. Entonces recuerdo los más de mil enfrentamientos que hemos tenido desde nuestro primer encuentro: no me deja parar, no me deja dormir, me hace bajar de peso y volver a subir y después sentirme mal por lo mismo, no me deja hablar ni escribir y me hace necesitar de sustancias para poder 'vivir'.
'El problema es el cerebro', claro que sí. Al menos ya comprendí que lo que hoy inmoviliza todo mi cuerpo no es más que uno de mis peores brotes de ansiedad, uno en el que a duras penas he podido leer, pero sabiendo esto ya puedo escribir, ya puedo dormir, ya puedo levantarme y volver a salir.
By: Nathaly C. Posada
Comentarios
Publicar un comentario