'Bum, bum bum; ta, ta, ta', gritó la tambora.

 

Lo que el Ballet folclórico de UNAULA significa para mí y mi familia no tiene cómo ser medido.

Recuerdo vivamente el día que después de un acto cívico en el que habían bailado cumbia, me quedé con el jumper del colegio todo el día esperando a mi mamá para mostrarle cómo bailaba y cómo con los ojos encharcados y una sonrisa de oreja a oreja me dijo ‘el sábado nos vamos para la Autónoma, ya vas a ver el abrazo que le voy a dar a Willy’, me dijo, ‘mami, ¿pero será que sí se acuerda de ti? Han pasado muuuuuuchos años ya’, le respondí. Abrió los ojos sorprendida y me respondió, ‘¡pues claro, si él fue la figura paterna de tus tías y yo, por allá en los setenta - ochenta, cuando mi mamá tenía la cafetería en el centro, allá lo conocimos, nos enteramos del grupo y empezamos a bailar las tres, pero con el tiempo sólo fui quedando yo. Ahí conocí al papá de tu hermano y a su vez él a la mamá de su hija’, y procedió a poner el vídeo de ‘La noche’ del Joe Arroyo, ‘curioso que ellos, que estuvieron toda su infancia viajando con nosotros, nunca quisieran bailar y tú sí’.

Se llegó el día y yo estaba demasiado nerviosa, nunca he sido muy buena para hacer cosas en público. Salimos carrereadas, como siempre que teníamos que hacer algo las dos, pero logramos llegar a tiempo. En la oficina, que creo antes era el salón de baile, estaban reunidos todos los nuevos integrantes y como nadie la reconoció, pensé que me había mentido. Entonces llegó William, saludó un poco afanado y mientras abría la puerta nos miró de reojo, la empujó con la boca abierta y gritó ‘¡MI NEGRAAA! QUÉ ALEGRÍA ME DA VERTE’ y se abrazaron muy muy fuerte, creo que hasta hubo lágrimas y si no, son las mías que salen mientras escribo esto, ‘aquí te traigo a mi piojito que quiere bailar’ y yo me escondí detrás de sus caderas.

Subimos al tercer piso, donde entonces era el salón de baile, ese al lado del salón de artes marciales. Recuerdo muy claramente que el edificio tenía un olor muy particular, a madera, a sudor, a caucho quemado, a sueños, a historia. No fue mi mejor día, la ropa que llevé no era muy apta y terminé escondida en el armario de las faldas jugando con mi DS, me sentí muy mal porque sentía que la había decepcionado, entonces me prometí seguirlo intentando, por ella y por mí.

Y así comenzó una nueva rutina entre nosotras, cada sábado después del ensayo íbamos a almorzar a la cafetería y volvíamos para ver el ensayo del ensamble, yo amaba ver sus ojitos brillantes, llenos de recuerdos y amor mientras miraba a la nueva generación. Entonces entre ella y William idearon un reencuentro de exalumnos para los 48 años del grupo. Días, meses enteros de verla rebuscar entre directorios telefónicos y redes sociales, creando un documento con nombres, teléfonos y direcciones de correo de todos y cada uno para poderlo concretar.

Para el día de la reunión, ya me había enamorado perdidamente de la danza negra, esa que me hizo entender siendo muy pequeña que, a pesar del color de mi piel, no soy blanca, soy colombiana. Aun hoy el corazón se me quiere salir del pecho y mi cuerpo empieza a bailar por sí solo cuando escucho el sonido de una tambora, una herencia muy hermosa esa de exorcizar los dolores físicos y mentales con cada 'bum, bum, bum', 'ta, ta, ta'. Ya se me había ‘forjado el carácter’ y los brazos cargando esas polleras que pesaban lo mismo que yo durante horas, ya me había encariñado con Sandra, la otra Sandra y la otra Sandra, con Daniela y la otra Daniela, con Luisa, Maribel, Juangui, Víctor, Steven, Johans, entre otros nombres que llevo siempre en mi corazón.

Ese día el salón estaba decorado con cintas doradas y rojas, los colores de la universidad, llegamos temprano para confirmar la asistencia de todos, (bueno, ella, yo estaba jugando y corriendo por todas partes como toda niña de nueve años) y un par de horas más tarde el lugar empezó a llenarse con casi cuatro décadas de bailarines, de todos los colores y tamaños, pero todos los corazones hablaban el mismo idioma: el de la danza y eso se vio reflejado en las coreografías que llevaron a cabo sin errores a pesar de llevar décadas sin bailar. Muchos llevaron a sus hijos y al menos ese día no fui el único ‘piojito’ corriendo por ahí.

No todos los que asistieron se quedaron a formar el grupo de exalumnos para los 48 años, fuimos menos los que nos quedamos después de eso y desde entonces hemos perdido a muchos en el camino, incluyéndola a ella. También yo tuve que alejarme por diversas situaciones, aunque confieso que aún hoy, más de 15 años después, sigo escuchando las pocas canciones que recuerdo e intento recrear los pasos y coreografías en mi cuarto. La verdad es que los mejores recuerdos de mi vida son quedarme a verlos (a verla) bailar después de haber bailado yo y soñar con un día estar en ese lugar y es por eso por lo que hoy me siento tan hija de este grupo como mi hermano y su hermana.

Grupos de ballet folclórico en la ciudad y el país hay muchos, pero sencillamente, ninguno como UNAULA. Compañerismo, arte, música, tradición, amistad, compromiso, disciplina y ‘la danza como expresión libertaria de la vida’, son sólo algunas de las enseñanzas que este grupo dejó en mi vida y hoy puedo decir que sin él hoy no sería quien soy. Gracias infinitas y eternas a William, ‘el maestro de maestros del folclore’, por eso y por haber dejado una huella tan grande en la historia cultural de Medellín, Antioquia y Colombia.

Hasta siempre, UNAULA.


Por: Nathaly C. Posada

En memoria de Elizabeth Posada C (QEPD).

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